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Juan Eladio Palmis.
No existe ninguna ley que OBLIGUE a nadie, a mujer alguna, a que aborte. Expuesto y dicho tal y como habitualmente se escucha y se lee, parece que la modificación de una ley existente en muchos países de nuestro entorno y nadie, salvo los de siempre, se rasgan las vestiduras, es como si fuese de obligado cumplimiento el abortar.
Eso, por un lado. Por otro, como normalmente los antiabortistas no van a utilizar tal ley en ninguna ocasión ni circunstancias familiar ¡¡faltaría más!!, no tienen por qué poner tanto empeño en ir en contra de la “vida” que, por lo general, para muchos de ellos la “vida” se reduce a eso; a esa “vida”. Y, todo lo demás, las tragedias humanas, “son cosas de la vida”, para las que no mueven ni un solo dedo, acumulando riquezas, capas de cola y togas de brillantes colores.
Las “cosas de la vida”, están ahí, a la vuelta. Ni una palabra para ella; sólo la demagogia más pura para esas cosas que tiene la vida y que hay que contar con ellas, porque es una voluntad y, a su justo parecer, no tiene remedio, salvo el bautismo y que no vivan en pecado fornicando.
No estamos ahora en aquella tremenda y terrible proporción de un religioso por cada trescientos y pico españoles de antes de la II República. Pero si estamos en una mayor densidad proporcional de gentes amantes de la “vida”, con recursos económicos propios, no ya para que se le de arreglo cultural, sanitario y de gazuza a un negrico de los de los países ricos en recursos, pero pobres en gobiernos autóctonos independientes y bien formados, sin dependencias a intereses multinacionales, y, por tanto, entre todos –incluso apoyaríamos muchos de los que defendemos que exista una ley que regule, controle, y garantice el buen resultado sanitario del embarazo, y, en caso postrero, el aborto - , bien podríamos luchar en serio para que las “cosas de la vida” no existieran, porque no es ninguna utopía, como suelen decir, el eliminarlas.
Las frases hechas, las anécdotas – por cierto siempre las mismas – me recuerdan aquellos tiempos de mocos colgando y sabañones, de duros y, no se por qué cojones, friísimos inviernos, cuando nos venían a los pueblos a competir unos predicadores, que cada uno era más apocalíptico que el anterior. Y es que el miedo, libre y abundante, está en la calle, se puede coger todo el que se quiera. Pero la libertad, la dignidad del individuo, nunca la han otorgado las manos de los antiabortistas, que pueden dormir tranquilos porque nadie les va a obligar a hacerlo, si ellos no quieren.
Pero a mi, siendo chiquillo, si me obligaban, interrumpiendo a lo mejor un buen partidazo de futbol con pelota de régimen – vamos de trapos y papel – a escuchar aquellos miedos por haber nacido.
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